THEOMAI*

RED DE ESTUDIOS SOBRE SOCIEDAD, NATURALEZA Y DESARROLLO /
 
SOCIETY, NATURE AND DEVELOPMENT STUDIES NETWORK 

    


CUESTION DE NUMEROS*

Myriam Luz Jaramillo Giraldo

 

* (Articulo publicado en la separata "GRANDES TEMAS MUNDIALES DEL SIGLO XX" del periódico EL ESPECTADOR (Bogotá, Colombia), bajo el título "Ya no cabemos").

 

Había 1.000 millones de seres humanos en 1.800, 2.500 en 1.950, 6058 millones hoy, y se calculan 8.467 millones para el 2.025. Es decir, mientras que hicieron falta 500.000 años, desde la aparición del primer homo sapiens para llegar a los 2.500 millones, han bastado menos de cincuenta para doblar ese número.

La explosión demográfica es uno de los grandes aportes de este siglo, sin embargo, el crecimiento de la población durante los primeros cincuenta años no representó mayores problemas pues entre el anofeles y dos guerras mundiales dieron de baja a millones de personas. Es al doblar el siglo que la curva de crecimiento demográfico comienza a subir: a partir de 1950 se generalizó el uso de los antibióticos y a punta de DDT se redujo la malaria desde la Segunda Guerra; en términos generales, las condiciones sanitarias de la población mundial mejoraron ostensiblemente y con ello los índices de mortalidad disminuyeron y aumentaron los de fecundidad y promedio de vida, lo que puede leerse en hombres y mujeres mejor alimentados, más altos que sus padres, con mayor peso y más longevos.

Esto suena casi idílico: más años de vida y más salud y belleza para disfrutarla, pero, con lo que no se contaba era con que quienes comenzarían a reproducirse por miles de millones no serían los rozagantes ciudadanos del primer mundo sino los pobres y hambrientos de Africa, Asia Oriental y América Latina.

La pregunta es, ¿Sí la calidad de vida mejoró, por qué crecieron y crecen tan deprisa las poblaciones de ciertos países y otras en cambio disminuyeron? La respuesta está en el tipo de sociedad. Fueron y son las sociedades agrarias las que han aportado el mayor número de personas y fueron y deben tender a ser, las sociedades urbanas las que disminuyan los índices de fecundidad, pues en el campo uno más es más producción, en la ciudad en cambio, uno más es menos oportunidades, cuestión de números. En las sociedades agrarias, las parejas tienen motivos para casarse jóvenes y tener muchos hijos pues cada niño aumentará la fuerza de trabajo. Pero en la primera mitad del siglo, de cada 1000 niños que nacían entre 200 y 400 morían antes del primer año y muchos de los restantes morían antes de los siete años. Esta situación cambió ostensiblemente en las siguientes décadas. Por ejemplo, entre 1965-70 y 1985-90, Tunicia bajó su tasa de mortalidad de antes del primer año, de 138 a 59, de antes de los cinco años, de 290 a 99; así, Tunicia, junto con la mayoría de los países africanos duplicó su población. Las cifras son contundentes y la imagen que ofrecen es dramática: Africa, con el crecimiento más acelerado, tiene 648 millones de habitantes, Nigeria 113, Kenia 25, Tanzania 27, Zaire 36, China 1.130 millones, India, 853 millones, Ciudad de México, 24, Sao Paulo, 23, Calcuta, 16, Bombay, 15; si hacemos la proyección de estas cifras al 2025 la imagen de dramática pasa a apocalíptica.

¿Cómo pueden las sociedades agrarias, pobres, hacer frente a este fenómeno? Malthus, el gran teórico de poblaciones de las postrimerías del siglo XVIII diría que al final la naturaleza interviene con hambrunas, epidemias, luchas a muerte por alimentos, o, el hombre mismo con la peor de sus invenciones, la guerra. Sin embargo, ni el exacerbamiento de un darwinismo social (la ley del más fuerte), ni las guerras, ni siquiera el sida, que en Africa es rey, lograran equilibrar el asunto. Ya se ha visto, esto se le salió a Malthus de las manos. Tal vez, si se lograra que los pobres moderaran sus hábitos reproductivos!

Desde los años cincuenta hasta la década de los setenta el problema se planteó en términos de la relación planificación familiar - desarrollo, tema central de la Primera Conferencia Mundial de Población celebrada en Bucarest en 1979, y de la que resultó la política del hijo único, política que, como consecuencia de su relativo éxito creó la homogeneización de las estructuras de edad en algunos países como Alemania, Italia y Japón, lo que en términos crasos quiere decir, ¡sociedades envejecidas!

Una sociedad en rápido y constante cambio presenta una pirámide con una base amplia de personas jóvenes y que se va estrechando gradual y progresivamente hasta alcanzar una razonable delgadez en la cima, que correspondería al número de ancianos, como es el caso actual de México; pero si las tasas de natalidad descienden abrumadoramente, la base de la pirámide será más estrecha que el medio y hasta podría ser que la cima, que en cierto modo es lo que se le espera a China pues en 1979 implantó oficialmente esta política del hijo único, lo que quiere decir que en el 2025, año en el que se calcula serán 1500 millones de chinos, 300 millones serán ancianos dependientes, que en los perversos términos del capital significan trescientos millones de personas improductivas, con mayores requerimientos de servicios sociales y sanitarios.

 

Demografía y medio ambiente, un paisaje que se transforma.

Ya antes de Bucarest, en 1972, la naturaleza había entrado en la historia y en la cultura en la Conferencia de Estocolmo, conferencia de las Naciones Unidas sobre ambiente humano, donde se planteó por primera vez la necesidad de la reflexión, el estudio y la transformación de los modelos de desarrollo y su relación con la naturaleza, y la inminencia de la aldea global. Posteriormente, la Segunda Conferencia sobre población, celebrada en México en 1984, cambia los términos de la relación planteada en 1979 entre planificación familiar y desarrollo. Desde entonces población - desarrollo - medio ambiente van unidos, y no precisamente para bien.

Se han manejado varias imprecisiones al respecto: La primera es aquella que asegura que son los países pobres los que más contaminan-degradan el medio ambiente, y por lo tanto, que a mayor número de personas mayor impacto y que los países desarrollados sufren las agresiones de los en vía de desarrollo. Esto suena lógico: miles de millones de seres humanos contaminando ríos y océanos, tumbando bosques y quemando combustibles fósiles, buscando minerales, desecando marismas, representan un peligro ambiental, que se agravaría por el 95% de aumento de población previsto para estos países entre hoy y el 2025. Todo esto es cierto, pero es una información incompleta.

Las regiones del norte ejercen una presión per cápita sobre los recursos naturales mucho mayor que los del sur, sencillamente por que consumen mucho más. Así, el consumo de petróleo en Estados Unidos, que sólo posee el 4% de la población mundial, equivale a un cuarto de la producción mundial anual. En 1989, Estados Unidos consumió 6.300 millones de barriles de petróleo, diez veces más que Gran Bretaña o Canadá y centenares de veces más de lo que la mayor parte del tercer mundo. El desequilibrio va desde el consumo de papel hasta el consumo de carne.

Según cierto cálculo, un poco perverso, un niño estadounidense medio representa un daño ambiental que es 2 veces el de un niño sueco, 3 veces el de uno italiano, 13 veces el de uno brasileño, 35 veces el de uno indio y 280 veces el de uno haitiano, por que el nivel de consumo a lo largo de su vida sería mucho mayor. (P.R.Ehrlich y A Ehrlich, The population Explotion, 1990)

Claro que saber que los países desarrollados consumen más no cambian los resultados de la doble agresión del homo sapiens-sapiens, devenido homo sapiens- demens, en palabras de E.Morin, el consumo excesivo y los hábitos derrochadores junto con los 86 millones de nuevas bocas anuales que alimentar.

Frente a esta dramática situación, surgen dos posiciones: la optimista y la pesimista. Los se van por esta última piensan que de no estabilizarse cuanto antes la población total del mundo y con ella el abuso energético, habremos superpoblado y diezmado tanto la Tierra que volveríamos al estado inicial: el de una tierra que comenzó sin el hombre y que terminará sin él. Los optimistas, de otro lado, piensan que el crecimiento es deseable, que los recursos naturales no son una cantidad absoluta e incesantemente reducida. Al contrario, muchos recursos se crean por medio del trabajo y la inventiva humana y la tecnología posee la capacidad infinita de producir nuevos recursos, la escasez de un bien conduce a la búsqueda de nuevas fuentes, la biotecnología proveerá los alimentos necesarios, etc. Lo cierto del caso es que dentro de la agenda mundial los dos problemas centrales a resolver, uno a mediano y otro a más largo plazo pero los dos decisivos, se llaman Demografía y Medio Ambiente.

Habrá que esperar. Si los optimistas están en lo cierto, simplemente habrá más personas y más prosperas, pero si se equivocan, si perdemos, lo perdemos todo.

 

RECUADRO INMIGRACIONES

La población urbana está aumentando más aceleradamente que el conjunto de la población en general y los incrementos anuales son más altos que nunca. En 1950 había 83 ciudades con poblaciones superiores a un millón de personas, 34 de ellas en países en desarrollo(Nueva York, la ciudad más grande del mundo, tenía para ese año más de 10 millones de habitantes); actualmente hay más de 280 y se prevé que para el 2015 se habrá duplicado este número. En los primeros años del XXI, más de la mitad de los habitantes del planeta azul vivirán en las ciudades.

Las migraciones son la causa del 40% de los aumentos en las poblaciones urbanas. Desde finales del siglo XIX los hombres empezaron a moverse en masa, a salir de su patria, de su pueblo. En estos años se presenta un proceso migratorio en Europa sin precedentes. Hombres y mujeres emigraban traspasando las fronteras, del campo a la ciudad, tanto que casi 15 de cada cien polacos abandonaron su país para siempre, junto con otro medio millón anual de migrantes estacionales, para integrarse a la clase obrera de los países receptores.

Nueva York se convirtió en la ciudad con mayor número de inmigrantes del mundo "con casi tantos italianos como en Nápoles, tantos alemanes como en Hamburgo, el doble de irlandeses que en Dublín y dos veces más judíos que en Varsovia.

Pero esos flujos son interrumpidos por las guerras y las restricciones políticas. En los 15 años anteriores a 1914 en Estados Unidos desembarcaron casi 15 millones de personas. En los 15 años siguientes ese número disminuyó a 5,5 millones y en la década de 1930 y en los años de guerra ese flujo se interrumpió casi por completo pues solo entraron al país 650.000 personas. La emigración procedente de la península Ibérica, en su mayor parte hacia América Latina, disminuyo de 1.750.000 personas en el decenio de 1911-1920 a menos de 250.000 en los años treinta.

Después de 1945 miles de refugiados y de desplazados llevan a cabo un éxodo masivo que se incentiva con la expansión económica y reactivación de las industrias, así por ejemplo, las fabricas de Lombardia y Piamonte se inundaron de italianos del sur, y en veinte años 400.000 aparceros de Toscana abandonaron sus propiedades. La industrialización de Europa del Este fue básicamente un proceso migratorio de este tipo.

A principios de los años setenta en los países europeos desarrollados podían contarse 7,5 millones de inmigrantes convirtiéndose en un tema y un problema político que condujo al aumento de la xenofobia que vino a mezclarse con el racismo, consecuencia directa de la diversificación étnica de la clase obrera. Si durante la primera mitad del siglo fue Europa la que emigró a América, en la segunda serían el viejo continente con su recuperación de postguerra la que atraería a miles de inmigrantes de Africa, Asia y Latinoamérica.

 

   

 

    
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